LOS GUARDIANES DE ORO RECONOCIERON A LA MUJER QUE LA REINA QUERÍA HUMILLAR

—¿Esto es realmente necesario?
La voz de Inés de Alarcón apenas rompió el silencio del gran salón.
Nadie respondió.
Decenas de nobles observaban mientras la joven permanecía en el centro del suelo de mármol, con cada pierna introducida en uno de los dos enormes recipientes de oro que la corte llamaba Los Guardianes de Oro.
Las piezas eran antiguas, pesadas y estaban cubiertas de intrincados relieves.
Desde el trono, el príncipe Alejandro de Valcázar observaba en silencio.
A pocos pasos detrás de Inés, la reina madre Beatriz mantenía la cabeza alta.
Había sido ella quien exigió aquella ceremonia.
—Ninguna mujer entrará en esta familia sin demostrar que merece nuestro nombre —había declarado unas horas antes.
Pero todos sabían que aquello no tenía que ver con la tradición.
Beatriz odiaba a Inés.
Desde el momento en que Alejandro anunció que quería casarse con ella, la reina madre había hecho todo lo posible por apartarla.
Inés no pertenecía a una de las grandes familias del reino.
Había crecido lejos de la corte, en una pequeña propiedad cerca de Córdoba, convencida de ser hija de un noble menor que había muerto cuando ella era adolescente.
Su madre, según le habían contado, había fallecido poco después de darla a luz.
No poseía grandes títulos.
No tenía fortuna.
Y, para Beatriz, aquello bastaba para considerarla indigna.
Entre las damas de la corte, Catalina de Montoro sonreía.
Durante años todos habían supuesto que Catalina terminaría casándose con Alejandro.
Hasta que apareció Inés.
—No durará ni cinco minutos —susurró Catalina a la mujer que tenía a su lado—. Cuando termine esto, volverá al lugar del que nunca debió salir.
Entonces ocurrió.
Clic.
Inés bajó los ojos.
Un segundo sonido metálico salió del interior del otro recipiente.
Clic.
Los mecanismos que sujetaban sus piernas acababan de liberarse.
La sonrisa de Beatriz desapareció.
Solo durante un instante.
Pero Alejandro lo vio.
—Basta —ordenó desde el trono—. Dejadla salir.
Inés retiró lentamente una pierna.
Después la otra.
No había sufrido ninguna herida.
Ni siquiera resistencia.
Los dos Guardianes permanecieron abiertos detrás de ella.
Un murmullo recorrió el salón.
Catalina dejó escapar una pequeña risa.
—Qué ridículo... se cree una princesa.
Algunas mujeres sonrieron.
Pero Beatriz no.
La reina madre avanzó hacia los recipientes.
Miró en su interior.
Y palideció.
Allí, entre los antiguos mecanismos de oro, una pequeña pieza se había desplazado.
Debajo apareció un símbolo que no había sido visible durante décadas.
Un sol.
Tres estrellas.
Beatriz retrocedió medio paso.
—Majestad...
Uno de los consejeros quiso acercarse.
—No es nada —respondió ella inmediatamente.
Pero Alejandro ya se había puesto serio.
Había visto aquel símbolo antes.
No recordaba dónde.
Hasta que una imagen atravesó su memoria.
Una sala cerrada del ala norte del palacio.
Un retrato antiguo.
Una niña de apenas un año sostenida en brazos de su padre.
Y alrededor de su cuello, un pequeño medallón.
Un sol rodeado de tres estrellas.
Alejandro se inclinó ligeramente hacia delante.
—Ese sello... no puede ser.
Beatriz levantó la mirada hacia él.
Por primera vez en muchos años, su hijo vio miedo en sus ojos.
Aquella misma noche, Alejandro ordenó cerrar el ala norte.
No explicó sus razones.
Solo pidió que nadie entrara.
Inés lo encontró frente a una puerta que llevaba décadas cerrada.
—¿Qué sucede?
Alejandro sostenía una llave antigua.
—Necesito enseñarte algo.
Abrió la puerta.
El polvo cubría los muebles.
En las paredes había retratos de antiguos miembros de la familia Valcázar.
Alejandro caminó hasta el fondo.
Allí estaba.
El retrato de una niña.
Inés se acercó.
—¿Quién es?
Alejandro tardó en responder.
—Mi hermana.
Inés lo miró sorprendida.
Nunca había oído que Alejandro tuviera una hermana.
—Murió antes de que yo naciera.
—Lo siento.
—Eso es lo que me dijeron.
Alejandro señaló el medallón pintado alrededor del cuello de la niña.
Inés vio el símbolo.
El mismo que había aparecido dentro de los Guardianes.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
Una voz sonó desde la puerta.
—Yo sí.
Los dos se giraron.
Era Tomás, el bibliotecario real.
Tenía más de ochenta años y había servido a tres generaciones de la familia.
Cerró la puerta tras él.
—Los Guardianes de Oro nunca fueron una prueba de valor.
Alejandro frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué eran?
Tomás miró a Inés.
—Una prueba de sangre.
El silencio fue inmediato.
—Eso es imposible —dijo Inés.
—Hace siglos —continuó Tomás—, las hijas directas de la casa Valcázar recibían al nacer una pequeña pieza ceremonial alrededor del tobillo. Los mecanismos fueron construidos para reconocer esa forma.
Alejandro miró a Inés.
—Pero ella nunca llevó ninguna pieza.
Tomás negó lentamente.
—No necesitaba llevarla ahora.
Sacó un libro antiguo.
Dentro había dibujos anatómicos y diagramas.
—La presión modificaba ligeramente el desarrollo del hueso durante los primeros meses de vida. Los Guardianes fueron diseñados para detectar esa particularidad.
Inés sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Está diciendo que soy una Valcázar?
Tomás cerró el libro.
—Estoy diciendo que los Guardianes creen que lo eres.
La puerta se abrió violentamente.
Beatriz entró acompañada por dos guardias.
—Basta.
Alejandro se puso delante de Inés.
—¿Qué me has ocultado?
—Nada que te concierna.
—Mi hermana desapareció y me dijiste que había muerto.
Beatriz endureció el rostro.
—Murió en un incendio.
Tomás habló desde el fondo.
—Nunca hubo ningún cuerpo.
La reina madre se giró hacia él.
—Cuidado, Tomás.
—Yo vi el ataúd —continuó el anciano—. Estaba vacío.
Inés dejó de respirar.
Alejandro miró a su madre.
—¿Vacío?
Beatriz guardó silencio.
Y ese silencio fue suficiente.
—¿Qué hiciste? —preguntó Alejandro.
Por primera vez, la reina madre pareció perder el control.
—¡Intenté salvar esta familia!
—¿De una niña de un año?
—De lo que esa niña representaba.
Alejandro se acercó.
—Habla.
Beatriz cerró los ojos.
Veinticinco años de secretos parecieron caer sobre sus hombros.
—Leonor no era hija de tu padre.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Qué?
—La reina anterior tuvo una relación con otro hombre. Cuando nació Leonor, tu padre descubrió la verdad.
—¿Y por eso la mataste?
—¡No!
La voz de Beatriz resonó por la habitación.
—Yo la saqué del palacio.
Todos quedaron en silencio.
Beatriz continuó:
—Tu padre quería hacerla desaparecer para siempre. Yo convencí a una mujer del servicio para que se llevara a la niña. El incendio fue provocado para hacer creer a todos que había muerto.
Inés sintió un frío recorrerle la espalda.
—¿Quién era esa mujer?
Beatriz la miró.
Sus labios temblaron.
—Se llamaba Clara de Alarcón.
Inés retrocedió.
—Mi abuela.
Beatriz asintió.
—Leonor creció creyendo que Clara era su madre.
Las piezas comenzaron a encajar.
La mujer a la que Inés siempre había conocido como su abuela había muerto cuando ella tenía diez años.
Su supuesto padre nunca hablaba del pasado.
Y su madre...
La madre que le dijeron que había muerto durante el parto.
—¿Mi madre era Leonor?
Beatriz no respondió.
Inés se acercó.
—¡Míreme!
La reina madre levantó la vista.
—Sí.
Inés sintió que se le doblaban las piernas.
Alejandro la sostuvo.
Pero Beatriz todavía no había terminado.
—Leonor descubrió la verdad cuando tenía veinte años. Quiso volver al palacio.
—¿Por qué no volvió? —preguntó Alejandro.
Beatriz miró hacia la ventana.
—Porque alguien descubrió que estaba viva.
—¿Quién?
Antes de que pudiera responder, un fuerte golpe resonó en el corredor.
Los guardias desenvainaron sus espadas.
La puerta se abrió.
Un hombre anciano entró lentamente.
Alejandro lo reconoció inmediatamente.
Don Rodrigo de Montoro.
Padre de Catalina.
Uno de los hombres más poderosos de la corte.
—No debería haber contado eso, majestad —dijo Rodrigo.
Beatriz palideció.
—Tú.
Rodrigo sonrió.
—Durante veinticinco años protegimos el reino de un escándalo.
Alejandro dio un paso hacia él.
—¿Qué le hiciste a Leonor?
—Lo necesario.
Inés sintió que la rabia sustituía al miedo.
—¿Está viva?
Rodrigo la observó.
Y sonrió.
—Esa es la pregunta que tu madre también hizo.
Sacó una pequeña cadena del bolsillo.
De ella colgaba un medallón.
Un sol.
Tres estrellas.
Inés dejó escapar un jadeo.
—¿Dónde la consiguió?
Rodrigo cerró la mano alrededor del medallón.
—Tu madre me lo entregó hace tres días.
Silencio.
Inés sintió que su corazón se detenía.
—Mi madre murió cuando nací.
Rodrigo negó lentamente.
—Eso es lo que te hicieron creer.
Beatriz miró a Rodrigo con horror.
—¿Leonor está viva?
—Sí.
Alejandro avanzó hacia él.
—¿Dónde?
Rodrigo volvió a sonreír.
—Muy cerca.
De pronto se escucharon pasos fuera de la habitación.
Lentos.
Firmes.
Todos miraron hacia la puerta.
Una mujer apareció al otro lado del corredor.
Tendría unos cuarenta y tantos años.
Cabello oscuro.
Ojos marrones.
Y alrededor del cuello llevaba una fina cadena dorada.
Inés dejó de respirar.
La mujer la miró.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Inés...
La joven no pudo moverse.
Nunca había escuchado aquella voz.
Pero algo dentro de ella la reconoció.
La mujer dio un paso.
—Hija.
Inés se llevó una mano a la boca.
Beatriz se aferró al borde de una mesa.
Alejandro permaneció completamente inmóvil.
Y Rodrigo dejó de sonreír.
Porque Leonor de Valcázar, la princesa que toda España creía muerta desde hacía veinticinco años, acababa de regresar al palacio.
Y esta vez no había vuelto para recuperar una corona.
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Había vuelto para revelar quién había intentado matarla.
Y por qué la persona responsable seguía sentada entre los miembros más poderosos de la familia real.